Los últimos tiempos están definidos por lo que logra penetrar mi
visión.
Siento, y puedo evaluar, que hay momentos de cierta certidumbre, en tanto
otros que borbotean lagos de inseguridad, pero entre ambos la suma parece ser neutra.
O tal vez la valoración del resulta se mantiene inexacta.

Hay pórticos en los cuales jamás se debe haber mirado, pero la naturaleza es
grotesca e impulsa al debilucho cuerpo al equívoco acto fundamentado en la
inseguridad. La verdad se sitúa más allá de lo que los ojos pueden ver, pero
pareciera que el alma no guarda rencores frente a las largas y extenuantes
caminatas hacia lo perecedero, pareciera que en algún instinto sádico busca
enfrentarse, y de paso enfrentarle, con el deber, con el cómo las cosas han de
ser. O quizás todo lo anterior solo responde a mi estúpida necesidad por
racionalizar lo irracional, y así desde la fingida razón urgir un camino que a
buenas y primeras e desagrada, pero que sin escarbar poco he de admitir que es
lo que quiero. Quizás tan solo mi cobardía por dañarme me hace seguir pensando
en no querer dañar a otros, y así busco excusas para la inacción. O tal vez es
tan solo el acostumbramiento a pros crinar, quizás mi código genético era
perfecto, pero mis actos han logrado mutar hasta la medula, y hoy el monstruo
que se observa al espejo es tan real como el que invade mis sueños.
Por favor Naturaleza dame muerte, impide que llegue a ser en lo que me estoy
transformando.
No hay malestar más allá de mis ojos. El dolor es tan solo ficción, y la
función está pronta a acabar. Hemos de recibir tanta felicidad como la que
podemos digerir. He desarrollado un colosal estómago, capas de digerir 2000 kilocalorías
por segundo, del más rudimentario amor. Puedo soportar temperaturas de alimento
recién extraídos del horno, puedo anular sabores a fin de favorecer la
velocidad en el tragar. Puedo dejar de lado el placer y transformarme en el
perfecto comensal de la cena de la pasión. Pero al fin de cuentas todo el amor
digerido sale de mi cuerpo y solo que da ese recuerdo de saciedad, además de la
culpa de llevar el cuerpo a límites inimaginable. Diviso el postre y ya no
puedo ingerir más nada. El postre ya no me interesa, solo fijo mis ojos en esa
hojita de romero que le acompaña, sé que ese sabor a abrazos es lo que siempre
busque, en esa hoja se esconde el verdadero fin de mi caminar. Puedo sentir el
aroma a romero y vienen a mi emociones que rompen las cadenas con mi pasado,
ese aroma sabor es capaz de por fin separarme de la espuria esperanza de un
futuro sublime, me llena y solo me deja paz en el presente... pero la veo y aún
no ha llegado a mí. La excitación de saber que todo llegara, por fin, a su fin
me absorbe. Mi corazón comienza a palpitar de manera estridente, en mí se
encuentra una locomotora que quiere emprender rumbo. Mis palpitaciones toman
cause indeseado, mi cuerpo reacciona de manera desafortunada, mi polo izquierdo
parece funcionar de manera inadecuada. Recuerdo el exceso al cual me he
expuesto, pero delante de mi está el real final, mi corazón no soporta la
exaltación y en un último esfuerzo logra detenerse... parece que la dignidad de
la culpa aterrizo en lo que jamás pude ser. Me han impedido llegar a mi final,
me otorgan un nuevo comienzo que no logro distinguir si es oportunidad o
castigo.
Mi alma se separa de mi cuerpo y discapacitada intenta coger ello de lo cual
fue privada... es inútil, la materia se interpone entre nuestras dimensiones.
Un llamado imposible de negar le hace avanzar al más allá...
Finalmente todo vuelve a empezar, ahora con nuevos desafíos, con nuevos
aprendizajes.
Alguien, en algún lugar del planeta, consume un té de romero...